El dios de la guerra no duerme, nos llama con tambores a la batalla cada cierto tiempo, así, acostumbrados como estamos a esa cadencia marcial y aturdidos por la inercia de un miedo enmascarado nos enlistamos nuevamente en la batalla.
Nos hemos puesto y quitado tantas veces la armadura que no logramos distinguir dónde terminan nuestras extremidades y donde inicia el paisaje de la lucha y la confrontación, donde inicia eso que no somos pero que nos acompaña desde la primera noche que experimentamos miedo y no se ha querido ir.
Luchar desde dentro parece que sea el único ejercicio posible de liberación y resistencia, recordando que no somos la coraza que nos acompaña sino una luz que viene de lejos, una palpito universal. que somos humanos.
